(BMJ) Mortalidad y crisis de identidad del IMC

obesity-is-preventable_52fc767facaae_w1500Tras el paréntesis semanasantero retomamos la actividad del blog y para la ocasión, hemos elegido un artículo del BMJ que a más uno le amargará el dulce. Traducido por Mercè Monfar para todos nosotros, en él su autora glosa un estudio cuyo objetivo fue aclarar la tortuosa y contradictoria evidencia existente sobre la relación entre índice de masa corporal (IMC) y mortalidad y cuyas conclusiones realzan las grandezas y miserias de los estudios observacionales. Sin más dilación, os dejamos con el suculento resumen de Jacqui Wise que no dejará indiferente a nadie…

“Según el análisis de los datos de tres grandes estudios de cohortes publicado en Annals of Internal Medicine, las personas que son obesas o presentan sobrepeso en cualquier momento de su vida adulta tienen un mayor riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular, cáncer y otras causas que aquellos que mantienen un peso normal.

Los investigadores indicaron que analizar los antecedentes de peso de una persona revierte la paradójica asociación entre sobrepeso y una disminución de la mortalidad que aparece en algunos estudios. Así, un meta-análisis que se publicó en 2013 en JAMA llamó mucho la atención de los medios al concluir que las personas con sobrepeso tenían un riesgo de muerte menor que aquellas con peso normal.

Se analizaron datos de los Nurses’ Health Study I y II y del Health Professionals Follow-up Study, en los que participaron 225.072 hombres y mujeres. Los investigadores obtuvieron de cada participante el índice de masa corporal máximo (IMC) a lo largo de 16 años de historial de peso, así como un único “IMC basal” tras este periodo. A partir de aquí, se siguió a los participantes durante una media de hasta 12,3 años, tiempo durante el cual se produjeron 32.571 fallecimientos.

Al igual que en investigaciones previas, la categoría con sobrepeso (IMC de 25,0 a 29,9) definida por un único IMC basal no se asoció con un aumento en el riesgo de muerte. Sin embargo, cuando se utilizó el IMC máximo, se asoció de forma clara con un aumento significativo del riesgo, aunque modesto (HR 1,06; IC95% 1,03 a 1,08). Para aquellos cuyo IMC máximo se incluyó en la categoría de obesidad tipo I (IMC de 30,0 a 34,9) el riesgo fue más elevado (HR 1,24; IC95% 1,20 a 1,29), y más aún para aquellos en la categoría de obesidad tipo II (IMC ≥ 35,0) (HR 1,73; IC95% 1,66 a 1,80).

El análisis indicó que las personas con un IMC máximo en las categorías de sobrepeso u obesidad se hallaban en riesgo elevado de muerte por cualquier causa, así como de muerte por enfermedad cardiovascular, cáncer o enfermedad respiratoria. El riesgo mayor se daba entre los participantes que habían tenido descensos de peso sustanciales, que según los investigadores probablemente eran reflejo de pérdidas de peso inintencionadas, como consecuencia de una enfermedad.

Cuando los investigadores definieron categorías de IMC aún más estrechas, hallaron aumentos de riesgo significativos en las personas en los grupos de IMC 25,0 a 27,4 y 27,5 a 29,9 en comparación con aquellos en el grupo de 22,5 a 24,9. En el estudio no se aplicaron exclusiones en función de antecedentes de tabaquismo o enfermedad; el patrón de riesgo aumentado con un IMC máximo por encima del peso normal se mantuvo en todas las edades, independientemente del sexo.

Los investigadores concluyeron que utilizar un IMC máximo junto con un historial de peso extendido en el tiempo puede ser una medida útil que reduzca al mínimo la causalidad inversa debida a la pérdida de peso inducida por enfermedad.

En un editorial adjunto, Jean-Pierre Despres (Quebec Heart and Lung Institute Research Centre and University) escribió: Esta lección sugiere que necesitamos refinar nuestra evaluación del riesgo más allá de una simple medición del IMC, en particular dentro de este subgrupo prevalente de pacientes con sobrepeso que a veces leen en la prensa que su peso corporal es correcto».

Comentario: ahora que llega el buen tiempo y comenzamos a despojarnos de las cáscaras invernales, nuestros cuerpos salen a la luz y con ello, el fruto de meses de dieta saludable y actividad física constante -acorde a nuestras posibilidades- o las consecuencias -en forma de grasa acumulada en las partes más insospechadas de nuestra anatomía- de meses de comer cosas poco saludables (o, directamente, dañinas) y de someter a nuestro cuerpo al insoportable martirio del sedentarismo.

Sea como fuere, el espejo proyectará para muchos una imagen poco acorde con sus deseos, circunstancia que se verá agravada si, para más inri, no somos capaces de subir los pantalones del año pasado más allá de las caderas o abrochar los botones de esa camisa que tanto nos pusimos el último estío se convierte en una actividad de riesgo para los demás. Nos preocupa -y mucho- la parte estética y el mensaje que nuestro cuerpo -nuestra imagen- proyecta sobre nosotros. Somos así de presumidos, de superficiales, de vanidosos y nos preguntamos quién saldría a correr, renunciaría a ese postre tan apetecible, a la segunda o la tercera caña -con su correspondientes tapas- o machacaría a conciencia cada fibra muscular de su cuerpo, si este sacrificio no tuviera su recompensa en forma de un cuerpo más bonito y, por qué no decirlo, más deseable.

En un segundo plano quedan aspectos como que una persona en forma tiene un cuerpo más funcional (nos referimos a la resistencia cardiovascular, respiratoria y muscular, fuerza, flexibilidad, potencia, velocidad, agilidad, coordinación, equilibrio y precisión óptimas, acorde a sus posibilidades) menos pulsaciones, mejores parámetros bioquímicos… y, en definitiva, una mejor salud y calidad de vida.

En cuanto a la duración de ésta, el artículo de hoy es claro y viene a arrojar luz sobre una evidencia turbia de la que algunos se han aprovechado para sacar pecho. O mejor dicho, barriga: empieza a quedar meridianamente claro que el sobrepeso (y no digamos la obesidad) tiene un peaje que pagamos en forma de años de vida, lo que desinfla el mito del fofisano o del obeso metabólicamente sano. Algo que era de prever pues los kilos de más suelen ir de la mano de unos hábitos de vida poco saludables que van más allá de una dieta inadecuada.

Ante la epidemia de obesidad que sufrimos en España hay iniciativas como ésta o una irreverente nutriblogosfera cuya frenética actividad debería sonrojar a nuestras mortecinas autoridades sanitarias. Viendo el vaso medio lleno, la Sociedad Civil vuelve a sacar cuerpo y medio a las instituciones oficiales en su carrera por defender la Salud Pública y alejarnos de unos índices de enfermedad que difícilmente podremos soportar como personas o como contribuyentes. Pero basta echar una ojeada a la situación actual y venidera para comprobar que vamos tarde y mal. Aunque como dijo en su día Prévert, nunca es tarde para no hacer nada…

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