Estrellas de eternidad

Así acabó el 30 de junio más bonito de mi vida...

Estos días descorcharemos alguna botella juntos. A la emoción del tapón a punto de sobrevolar nuestras cabezas, le seguirá la mezcla espumosa de tus deseos y los míos. Deseos que, en esta ocasión, no tendrán como madrina ninguna estrella fugaz. Como aquélla que iluminó el cielo una oscura noche de agosto en la que le pedí a no sé quién que me permitiera volver a verte. Podía haber aprovechado la frescura de la primera vez para pedir cosas más profundas, con aroma a toda una vida juntos, envejeciendo lentamente cogidos, como siempre, de la mano. Pero no, simplemente me conformaba con volver a ver la luz tornasolada de tus ojos ante la enrevesada incertidumbre de nuestras circunstancias. Es en esos momentos cuando sientes que eres el afortunado que encontró las llaves en un mar de arena y que la escala de grises que a veces tiñe nuestra andadura, ha quedado sepultada con los bellos colores del atardecer.

Hacer el camino solo te permite jugar con el reloj de la vida, acercártelo al oído y escuchar la hipnótica música de su maquinaria. Pero ese juego es, si lo piensas bien, para dos, porque compartir, más allá del postureo de las redes, es la forma más sensata de sacarle todo el jugo al poco tiempo que, una vez más no sé quién, nos han prestado. Ya ves que, no creer en el otro lado del espejo, tiene como castigo que a veces olvide que las líneas de mi mano tienen continuidad en el horizonte.

Aún resuenan en mi mente todos aquellos locos planes que tú y yo dibujábamos en el aire con la ansiedad de quien siente que el resto de su vida acaba de comenzar y, esta vez, no está dispuesto a equivocarse. De aquéllos días quedan recuerdos amarillos, fotos azules y algún regalo. Unos pies en el barro y el mundo genial que creas con las cosas que a diario me dices. También quedan tus labios y tus manos asiéndome en el vacío. Pero sobre todo queda el orgullo de haber hecho posible que nuestros troncos hayan reverdecido entrelazados.

Ahora nos contemplan 900 días  y 900 noches vividos al socaire de un viejo tren que cogimos en marcha donde empieza el mar. Mientras tú cuidas de las olas y yo vigilo la marea, los lectores se preguntarán por qué la prosa de hoy dibuja círculos concéntricos y no avanza hacia el final preestablecido. La razón es sencilla: esos círculos concéntricos son el lugar de mi recreo. La íntima intimidad del abrazo que nos unió para siempre hace mil años. El sitio donde el vaivén de la vida pasa imperceptible, cálido, auténtico.

Estos días descorcharemos alguna botella juntos. Celebraremos que no tenemos nada que celebrar. Porque nuestro triunfo ha sido lograr tumbarnos en los confines del poco tiempo que se nos ha dado para gastar la vida de forma consciente, plena, feliz. Y volver a ver pasar aquella estrella que me concedió un fugaz deseo y otro a ti, que es eterno.

14 comments

  1. Todos estos comentarios me parecen estupideces. Son comentarios cursis e inútiles. Simple y empíricamente se dejan arrastar por lo que nos dicen los calendarios ó gobiernos. Navidad, Semana Santa, Fiestas Patronales, Puentes, etc. ¿Y qué? ¿Les preocupa mucho? ¿Siguen todas estas bobadas? ¿Hay que comer turrón? …. Qué mentes tan paupérrimas…

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    1. Respeto lo que dices… me parece muy triste que digas esto… y que lo enfoques a lo que dicen los calendarios…a la Navidad… a las fiestas.
      Es un escrito lleno de sensibilidad… atemporal… no tiene caducidad ni fecha concreta.. son sentimientos expresados en un escrito, deberiamos aprender a no avergonzarnos de decirlo en voz alta…
      No soy ni religiosa, ni apostolica ni romana…pero una cosa tengo muy clara… cualquier excusa es buena para celebrarla… no me refiero a consumir, ni hacer porque se tenga que hacer… esta en cada uno de nosotros el decidir en como enfocar “cualquier Excusa”

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