Cuando los IBP son el problema, no la solución

Uno nuestros enlaces favoritos es la página web de The Regional Drug and Therapeutics Centre (RDTC) institución fruto del acuerdo de colaboración entre la University of Newcastle y la Northern Regional Health Authority de Inglaterra. Aunque este año su producción científica ha sido escasa, es una fuente de gran utilidad de la que destacamos las evaluaciones de nuevos medicamentos, o de ensayos clínicos, por poner algún ejemplo. No obstante lo anterior, en diciembre nos ofrecen dos novedades interesantes: por un lado han publicado una evaluación de agomelatina (Valdoxán, Servier)  nuevo antidepresivo que merece un capítulo aparte y en relación al cual rogamos a los prescriptores sólo una cosa: que lean la ficha técnica antes de utilizarlo. Sólo eso.

Y por otro, dentro del apartado Safer Medications Use han publicado una breve, pero documentada revisión titulada  Can Proton Pump Inhibitors Increase the Risk of Osteoporotic Fracture? en la que , a partir varios estudios de casos y controles que sugieren una sólida asociación entre los IBP y el aumento del riesgo de sufrir fracturas, dan una serie de recomendaciones de las que destacamos dos:

  • Advertir a los pacientes que tomen este tipo de fármacos durante más de 1 año que deben mantener una ingesta adecuada de calcio (lo que en algunos casos supondrá administrar un suplemento).
  • Y prescribir los IBP a la menor dosis eficaz durante el menor tiempo posible.

Desde la aparición de omeprazol (AstraZéneca), otros fármacos han seguido su exitosa estela: lansoprazol (Merck), pantoprazol (Pfizer), rabeprazol (Janssen Cilag) y esomeprazol (AstraZeneca, en segunda vuelta) con lo cual, como podemos ver, las principales multinacionales del ramo han procurado pillar cacho de este gigantesco pastel. La asfixiante promoción (sin olvidarnos de los genéricos), sus numerosas indicaciones, la actitud defensiva de algunos prescriptores y la vitola de fármacos eficaces y seguros han hecho que el uso de los IBP trascienda lo estrictamente clínico y se haya convertido en un fenómeno social: no hay botiquín casero que se precie que no cuente con algún representante de la saga de los prazoles, un remedio socorrido para -por ejemplo- sobrevivir a las celebraciones navideñas y sus excesos.

El observatorio del uso de medicamentos de la AEMPS recoge en uno de sus informes que la prescripción de antiulcerosos se ha multiplicado por 8 entre 1.992-2.006, a expensas fundamentalmente del omeprazol. Y una revisión reciente nos advertía del ritmo al que se ha incrementado el consumo de los IBP en los últimos años en España: casi un 20% anual, expresado en DDD, a la vez que proporciona recomendaciones respaldadas por la evidencia, sobre todo en indicaciones borderline como las dispepsia de distinto pelaje, que inundan las consultas de atención primaria. En relación a los AINE, los autores del artículo le ponen números al sobreuso existente: 2 de cada 3 pacientes reciben una gastroprotección inadecuada. Pero no olvidemos que los IBP también forman parte de los tratamientos que contienen antiagregantes, anticoagulantes o cualquier otro medicamento que se sepa o suponga que puede ser gastrolesivo.

Ahora sabemos que la rosa de los IBP tiene sus espinas: su uso continuado se asocia a reacciones adversas, algunas de ellas graves y con unos NNH que disminuyen a la vez que aumentan las dosis utilizadas, como podemos ver en este interesante documento. Aunque la evidencia actual procede de estudios observacionales, es relevante porque afecta a los millones de personas en todo el mundo que toman de forma continuada prazoles, muchas de las cuales no los necesitan. O no los necesitan ni a dosis tan altas, ni durante tanto tiempo. Y que a lo peor, para más inri, no los toman en ayunas, por la mañana.

Como el año que viene está a la vuelta de la esquina, hagamos propósito de enmienda para el 2.010: ni un paciente de riesgo sin gastroprotección. Y ni un paciente con gastroprotector sin necesidad. No es una cuestión de gasto, sino de seguridad.

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