Redes sociales, marketing y salud mental de los adolescentes

adiccion-a-internet-conoce-las-estadisticas-en-todo-el-mundo-2Comenzamos 2019 y quiero hacerlo con una entrada guerrera espoleado por la lectura en Salud juntos -una fuente centinela imprescindible, gestionada por Alfonso Casi– de la reseña de un artículo publicado recientemente en The Lancet que tuvo como objetivo evaluar si el uso de las redes sociales se asocia a un aumento del riesgo de sufrir síntomas depresivos en los adolescentes e investigar potenciales vías explicativas de este hecho a través del impacto de aquéllas sobre el acoso en Internet, el sueño, la autoestima y la imagen corporal.

Como Alfonso hace un detallado resumen del artículo -un estudio de carácter observacional, con las limitaciones inherentes a su diseño que seguro que tú, querido lector, conoces- y no hace ningún comentario, yo sí quiero apuntar un par de cosas porque, antes que nada, soy padre y me preocupa mucho todo lo relacionado con estos asuntos.

Si tienes hijos adolescentes verás que desde que se hacen con el uso de cualquier cosa que se conecte a Internet quedan abducidos por la Red, convirtiéndose en fantasmas que vagan por el entorno, tecleando sin cesar, o mirando -entre aburridos, ansiosos y, a veces, divertidos- como juegan los demás, los likes de sus fotos y las de los demás y el sin fin de anuncios que aparece a diario en sus pantallas.

Si tienes hijos adolescentes, sabrás que ellos no usan Facebook (eso es de viejunos y lo dejan para mamá o papá) ni el correo electrónico (a ellos les va más la mensajería directa, sobre todo la de Instagram) ni las redes musicales como Spotify, porque donde se ponga YouTube

Si tienes hijos adolescentes, también sabrás lo que cuesta poner límites al uso de las redes sociales. Que cada castigo lleva implícito el cese temporal de la convivencia con los gritos, expresiones soeces y demás parafernalia de los youtubers de moda, la tiranía de los likes, el bombardeo publicitario al que están sometidos de forma constante o el estrés de un juego cuya complejidad lo hace imposible.

Si tienes hijos adolescentes -como si no los tienes, pero eres usuario habitual de Internet- verás que el milagro de las cookies y los peces hace que la visita a la página de una marca deja huella en toda tu actividad internáutica durante horas o días, masacrándote con publicidad no deseada de los productos que en un momento te han interesado. O ni siquiera eso.

Este post es muy corto para hablar de la moda de los influencers, del ciclo de compra AIDA y de las mil y una estratagemas que tienen como fin irrenunciable vendernos lo que deseamos independientemente de que lo necesitemos o no. Porque todo lo anterior -sabido por experiencia propia o ajena- es fruto de una calculada estrategia cuya finalidad es sacarnos -pobres consumidores- hasta el último euro de los bolsillos.

Si tienes hijos adolescentes -como si no los tienes, pero eres usuario habitual de la Red- sabrás que todo lo anterior funciona y te habrás sorprendido a ti mismo alguna vez comprando lo que no necesitas o dándote algún capricho de los que hacen la cuesta de enero extensible al resto del año. Esto, que en un adulto dueño de su dinero (o de su hambre) y con criterio propio puede llegar a convertirse en un grave problema no sabemos qué impacto puede tener a largo plazo en la adolescencia, auténtica edad media del desarrollo de una persona.

Con el artículo que Casi pone a nuestra disposición bien masticadito, ahora sabemos que el precio a pagar por un marketing sin control es bastante más alto que el de la camiseta molona que cuesta 100€ y no vale ni 5. O la enésima discusión con tu hijo presa de un desaforado marquismo, palabro que los expertos en vendernos cosas asocian a un mercado -como el de la ropa- en el que se hacen prisioneros y, a ser posible, esclavos. Voy de marca, luego existo.

Todo lo anterior me sirve de excusa para decir que es inexcusable una férrea regulación de la flota de hidroaviones que deja caer chuzos de punta día y noche sobre nuestro cerebro con el objetivo de que deseo y necesidad sean, por fin, palabras sinónimas. Mientras esto acontece ya sabemos que la feria de las vanidades en la que desgraciadamente se ha convertido Internet hace mella en la cuenta corriente de los padres y, lo que es peor, en la salud mental de unos adolescentes cuyo criterio inmaduro no alcanza a discernir la vida real de un anuncio del cortinglés.

Cuando la situación es adversa y la esperanza poca, las determinaciones drásticas son las más seguras, dicen que dijo Tito Livio. Y, sálvese quien pueda…

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