(Eur J Gastroenterol Hepatol) ¿Podemos interrumpir el tratamiento con IBP y no morir en el intento?

Aún estamos masticando la frasecita de aquí todos ponen y nadie quita, referida a los medicamentos. Así que nos hemos dado un garbeo por nuestras fuentes favoritas a ver si encontrábamos algo útil sobre la interrupción de los tratamientos innecesarios. Dura tarea ésta, que a veces no cuenta con la comprensión del paciente. Pero claro, si utilizamos frases como “esto se lo tiene Vd que tomar el resto de su vida” o “que a nadie se le ocurra quitarle este tratamiento, porque le puede pasar algo de lo que no me responsabilizo” y otras perlas por el estilo, en la antípodas de la toma de decisiones compartida, no podemos esperar mucha colaboración. Y buscando, buscando, hemos visto que WeMeReC, tiene un apartado denominado stopping medicines series con cuatro boletines dedicados a la interrupción de la terapia con antipsicóticos, antidepresivos, benzodiacepinas y bifosfonatos. Estas breves publicaciones, no dan respuesta a todos los interrogantes, pero son una estupenda aproximación al tema y un buen cabo por el que comenzar a trabajar uno de los retos más importantes que tenemos en atención primaria: la sobreutilización de medicamentos. Muchos esperamos que salgan nuevos boletines sobre las estatinas o los IBP. Mientras ello ocurre, hemos leído en el European Journal of Gastroenterology & Hepatology un estudio titulado Discontinuation of long-term proton pump inhibitor therapy in primary care patients: a randomized placebo-controlled trial in patients with symptom relapse que ha tenido como objetivo determinar si es posible interrumpir el tratamiento crónico con IBP en pacientes que permanecen sintomáticos e investigar el efecto de estos fármacos en pacientes con sintomatología recurrente y endoscopias normales. Vamos a ver qué aporta este interesante estudio…

Metodología: estudio transversal realizado con 42.634 pacientes ambulatorios en los que se realizó una búsqueda estandarizada de prescripciones de cualquier IBP en los 12 meses anteriores a la recogida de datos. Los consumidores crónicos de IBP se definieron como los pacientes que en dicho período tenían una prescripción de al menos 120 comprimidos de alguno de estos fármacos. Los pacientes con un diagnóstico endoscópico de esofagitis, esófago de Barrett o estenosis péptica y aquéllos con un pH anormal, se clasificaron como con indicación verificada para un tratamiento crónico con IBP. Y los restantes, como sin indicación verificada para el mismo. Este grupo de pacientes estaba constituido por aquéllos con sintomatología no investigada o en los que la endoscopia no explicaba los síntomas. Del total de integrantes, se invitó a participar en el estudio sobre interrupción del tratamiento a 376. El resto de la muestra (n=278) se desechó por no hablar danés, tener una comorbilidad grave o haber sufrido una cirugía gástrica. De los 376 pacientes iniciales, 78 fueron reclutados para participar en un ensayo aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo de 7 días de duración. 15 pacientes fueron asignados a un grupo tratado con esomeprazol (40 mg/día) y 16 a placebo.

Resultados: el 14% de los pacientes interrumpió el tratamiento con éxito. El 68% sufrió una recaída de los síntomas. El 59% de los pacientes tuvieron una endoscopia normal. El tratamiento fue eficaz a los 7 días en el 80% de los pacientes tratados con esomeprazol y en el 13% de los tratados con placebo.

Conclusiones de los autores: es posible interrumpir el tratamiento crónico con IBP en una minoría de pacientes de atención primaria. El tratamiento a corto plazo con esomeprazol fue superior al placebo en pacientes con síntomas de rebote y una endoscopia normal.

Fuente de financiación: no consta.

Comentario: Este estudio, con su compleja metodología, es fiel reflejo del panorama habitual en atención primaria: pacientes que hacen las bodas de plata con sus prazoles sin que nadie haya investigado el origen de los síntomas, ni haya un diagnóstico que lo justifique, poca o nula colaboración de los afectados, síntomas de rebote tras retirar el IBP para desesperación de los que intentan eliminar tratamientos superfluos, etc. Si a esto unimos la vitola de fármacos seguros que tradicionalmente han lucido estos fármacos, tenemos todos los ingredientes que garantizan su sobreutilización. Ahora sabemos que los IBP tienen importantes interacciones y efectos adversos graves a largo plazo. Para muestra, los recogidos en esta revisión bibliográfica, de evidente sesgo gastroenterólogico, donde no aparece el riesgo de fracturas o el posible incremento del riesgo cardiovascular descrito esta misma semana. Se acumulan, por tanto, los problemas de seguridad asociados al uso de fármacos cuyo tratamiento, es tan difícil de interrumpir. Para abordar este área de mejora es importante que el equipo tenga unos criterios claros de utilización y la colaboración de ambos niveles asistenciales. Que se tira el dinero, es lo más evidente. Que el uso crónico de IBP es fuente de problemas graves a largo plazo, es algo que comenzamos a vislumbrar. Para finalizar, el estudio de hoy deja un mensaje nítido: hay pacientes cuya patología puede justificar los riesgos inherentes a la exposición prolongada a fármacos que no son inocuos y pacientes en los que esto no es así. Todos debemos colaborar para aclarar quiénes pertenecen a uno u otro grupo y en éstos, establecer las estrategias necesarias para interrumpir el tratamiento. Nadie ha dicho que sea fácil. Pero ahora sabemos que no es imposible.

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4 comments

  1. Hola Carlos, y yo añadiría los SYSADOA o “condroprotectores” , los neuroprotectores (piracetanes…), los paracetamoles de 1 gr (¡cuantas transaminasas elevadas!), los anticomiciales usados-para-todos (gabapentina, pregabalina, topiramato…) … etc…
    Pero como dice un buen R4 que conozco, “Google terminará siendo una religión”, yo creo que “omeprazalia” ya lo es.
    En fin… un abrazo.
    Antonio.

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    1. Hola, Antonio:
      Gracias por tu comentario. Pues sí, la lista es interminable: faltan los antibióticos, los antidemencia, antidepresivos…
      Y el reto de coordinar los tratamientos y racionalizarlos, posiblemente uno de los más grandes que tenemos en atención pirmaria. A ver cómo lo afrontamos…
      Un abrazo.
      CARLOS

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