(Austr Prescr) ¿Puede contribuir la industria farmacéutica a la promoción del URM?

Volvemos de vacaciones totalmente desinfoxicados, aunque echándole un vistazo a Google Reader, muchos nos tememos que los efectos psicotrópicos de no llevar reloj en todo el día, tener el móvil sin batería y acumular correo electrónico para mejor ocasión, van a ser efímeros. Antes de seguir, queremos agradecer los mensajes recibidos durante nuestra ausencia y las visitas de los lectores habituales y los nuevos que buscan su rincón de lectura en esta inmensa sala. Hay mucho y bueno para comentar, después de tantos días de asueto. Pero para no forzar la máquina, hemos elegido el editorial que, con el título Can pharmaceutical companies contribute to the quality use of medicines? ha publicado Peter Mansfield en Australian Prescriber. Para quien no conozca a este sujeto, le diremos que es el responsable de la conocida web Healthy Skepticism, pionera en la denuncia pública de la publicidad engañosa con la que, a veces, la industria farmacéutica se empeña en colocar sus productos. Conociendo la trayectoria de Mansfield, leer su disertación sobre el papel de la Big Pharma en la promoción del uso adecuado de los medicamentos es casi obligado. Por ello, nos hemos permitido la libertad de traducir y adaptar el texto del editorial que, más o menos, dice lo siguiente…

«La industria farmacéutica puede contribuir a mejorar el uso de los medicamentos si le interesa. Sin embargo, hay barreras que impiden que los laboratorios actúen en contra de sus intereses. Esto incluye las directrices corporativas, que exigen que los empleados actúen según los intereses de su empresa. Consecuentemente, la magnitud de la contribución beneficiosa de los laboratorios dependerá de cómo se les recompense. Y esto está determinado, en gran medida, por las políticas gubernamentales.  Actualmente dichas políticas incluyen patentes en régimen de monopolio y subsidios que hacen que los laboratorios disfruten de precios por encima de los costes de producción, con la esperanza de incentivar la investigación y el desarrollo. Desafortunadamente, esto lleva  a que la industria sea recompensada incluso si distorsiona los resultados de las investigaciones para maximizar sus ingresos, en lugar de proporcionar una base evidencial sólida, esencial para un uso racional de los medicamentos. Un ejemplo de dicha distorsión es la elaboración de múltiples análisis de los resultados de un ensayo clínico y la publicación selectiva de los resultados más favorables. A menudo estos sesgos sólo pueden detectarse si los documentos internos del laboratorio en cuestión se hacen públicos, por ejemplo durante un juicio.

Para los contribuyentes, pagar precios elevados por los nuevos fármacos es una forma menos eficiente de financiar la investigación que dar ayudas directas a los investigadores. Esto es debido a que la mayor parte del dinero de las ventas se invierte en otras cosas, especialmente en promoción. Y ésta incluye una combinación sinérgica de muchas actividades promocionales disfrazadas como formativas. A pesar de que algunos patrocinios se anuncian como «incondicionales», los representantes no pueden ser generosos con los recursos del laboratorio si no se espera obtener una ventaja comercial a cambio. El patrocinio puede influenciar el uso de los medicamentos indirectamente obteniendo obligaciones recíprocas que pueden ir en distintas direcciones, incluyendo ser remiso a rechazar la visita médica o criticar al laboratorio o sus productos.

La promoción puede mejorar el uso de los medicamentos cuando el fármaco promocionado es superior a las alternativas existentes y la información proporcionada es completa y exacta. Sin embargo, de acuerdo con lo publicado en Prescrire International, entre 2.000 y 2.009 sólo el 2,0% de los nuevos fármacos y las nuevas indicaciones supusieron un avance terapéutico real.

El actual sistema proporciona frecuentemente grandes recompensas y, en raras ocasiones, pequeños castigos por la promoción engañosa. Durante los últimos 25 años, no he encontrado un solo anuncio de un medicamento que no incluya engañosas técnicas de persuasión. Hay menos datos de lo que los representantes hacen a puerta cerrada. En ocasiones, los equipos de ventas al completo son engañados por sus propios laboratorios. Consecuentemente, creo que el código de buenas prácticas para la promoción de los medicamentos, está fallando.

Los profesionales sanitarios son parte del problema ya que a menudo premian a los laboratorios por realizar una promoción engañosa, incrementando las prescripciones del fármaco promocionado. Muchos profesionales sanitarios creen que pueden evitar la información sesgada, pero no hay ningún método que haya demostrado cómo prevenir, detectar o tratar los sesgos. Como los tocólogos del s. XIX, que no comprendían la teoría germinal de las enfermedades infecciosas, negando que fueran portadores asintomáticos de las bacterias que causaban las fiebres puerperales, muchos profesionales niegan su vulnerabilidad al engaño, debido a que no conocen la psicología de la persuasión. Ésta a menudo funciona bajo el radar de la conciencia, por lo que el exceso de confianza es un factor de riesgo para ser manipulado.

Otra fuente de problemas es que actualmente los laboratorios tienen permitido realizar, financiar o influenciar múltiples actividades, incluyendo la fabricación, investigación, promoción, formación, regulación y el desarrollo normativo. La industria no es recompensada por cada actividad de acuerdo a su contribución a la mejora del uso racional de los medicamentos, sino de acuerdo a cómo utilizan cada una de dichas actividades para incrementar sus ingresos por ventas. Por tanto, se incentiva de forma errónea el rendimiento en cada actividad.

Creo que la capacidad de la industria farmacéutica para contribuir al uso racional de los medicamentos puede mejorar sustancialmente mediante reformas. Escindir la Big Pharma en laboratorios separados con una función específica para cada uno y abolir las patentes y las ayudas para permitir la competencia en un mercado libre, probablemente permitiría que los precios de la mayoría de los medicamentos cayeran en picado por debajo de los precios de copago actuales. El ahorro obtenido podría usarse para financiar la investigación y promocionar un mejor uso de los medicamentos. Estas reformas podrían crear un ambiente donde la industria farmacéutica fuera recompensada de forma más razonable por contribuir a mejorar el uso de las medicinas. Y sería empoderada para usar sus nada desdeñables habilidades en beneficio de todos».

Comentario: además del punto de vista de Mansfield, en el mismo número de la revista podemos leer la postura de la industria sobre el tema. Desalentador artículo, más parecido a una sarta de excusas que a un firme declaración de compromiso con la Sociedad a la que se presta un servicio tan importante y tan bien remunerado. Quienes nos conocen saben que no nos distinguimos precisamente por nuestro ardor guerrero contra los laboratorios: a pesar de todas las fechorías a las que hemos asistido, creemos firmemente que, sistemas sanitarios y corporaciones farmacéuticas comparten muchos intereses. Y en esa interfaz hay posibilidades de colaborar con el objetivo de utilizar los medicamentos con criterios de seguridad, eficacia y eficiencia. Que muchos piensen que esto es una utopía debería hacer reflexionar a la industria sobre la imagen que proyecta. Pero nuestros políticos no salen mejor parados en esta triste historia. Mansfield da pistas clarísimas sobre cómo cambiar las cosas, a los que manejan los boletines oficiales. Justo en el día en que la Ministra ha decidido volver a ponerse la chupa de cuero. Ya es mala suerte. O quién sabe…

4 comentarios

  1. Ummmm… ¿pero quién autoriza el uso de fármacos? Los gobiernos, porque por cada licencia cobran un pastón. ¿Y podrían los Gobiernos fabricar de forma independiente los fármacos y realizar todos los estudios clínicos que hay detrás de los fármacos (‘buenos y malos’)? No sé…

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  2. Excelentes los artículos publicados. Observación por fidelidad en las fuentes y por respeto a los derechos de Autor. El Editorial que se publica en http://www.australianprescriber.com, no corresponde a Peter Mansfield sino a Russell Edwards, former Managing Director of Pharmacia and of Amgen Australia.
    Sugiero que corrijan esto para que eviten inconvenientes de propiedad intelectual y derechos de autor.

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